martes 18 junio, 2019
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Isidro Casanova: una repostera regala 100 huevos de pascua a comedores

Sandra Blanco vive en la populosa localidad de La Matanza y es repostera. Tiene una larga historia en el rubro, el cual emprendió poco a poco y desde hace cuatro años, en pascuas dona huevos a merenderos de la zona.

En su página de Facebook, Sandra publicó que va a donar 100 huevos a comedores y pidió a las personas que comenten nombres de lugares a donde poder llevar los chocolates. De todos los comentarios, definirá los lugares a los que irá mediante un sorteo. Sin embargo, aseguró que a lo largo del año, irá a visitar con comidas dulces a aquellos que no salgan elegidos.

Además de ser repostera, también dicta cursos en el garaje de su casa, que se encuentra en Bach y Zinny, Isidro Casanova. Ella elige quedarse toda la noche preparando la mayor cantidad de huevos que pueda para los niños. A veces, cuando se trata de un evento contrata empleados para que la ayuden, pero cuando es sobre los comedores, elige hacerlos ella.

“Voy haciendo, cerrando y metiendo en cajas. Este año se me va a complicar un poco más, por eso no pude ofrecer mayor cantidad de huevos. Aunque, ésta vez mis alumnos se incentivaron con lo que yo estoy haciendo y quieren ayudar. Esto puede activar algo en muchas personas”, explicó.

La repostera destacó el amor que siente de parte de los niños que reciben los huevos de chocolate y que por eso elige mucho dirigirse a los mas chicos: “Son más expresivos que una persona adulta, sus caritas cuando sonríen, vienen, te abrazan y te dan un beso. Yo siempre pienso en lo que recibo de amor por un huevito que hice en 10 minutos o un juguete que regalas”.
La historia de la repostera que remó en dulce de leche

Sandra es madre soltera y se dedica a la repostería desde hace 14 años. Sin embargo, no se dedicó desde siempre a hornear, antes, trabajaba en una oficina de Capital Federal. Ella decidió dejar ese empleo y adentrarse a la pastelería para estar más cerca de su hijo (él era pequeño y lo cuidaba su mamá). El puntapié fueron 3 revistas que le regaló un viejo amigo canillita.

“Le dije a mi amigo que nunca había hecho un bizcochuelo, pero él insistió en que tenía que emprender algo por mi cuenta. Una de las revistas era de chocolates, me apasiona la   chocolatería, con eso empecé. Hacía bombones en mi casa, los ponía en la parte de abajo del cochecito y junto con mi hijo salía a recorrer el barrio, así vendía”, expresó.

La repostera tuvo éxito en su pequeño emprendimiento, pudo dejar de trabajar y en menos de un año tuvo si primer panadería. Luego de dos años abrió otra sucursal, todo fue en buen camino gracias a que a las personas les gustaban mucho sus elaboraciones.

Lamentablemente, a Sandra le tocó pasar por un mal momento, el cual recordó: “Tuve la desgracia de conocer gente muy mala, que me estafó mucho dinero. Perdí todo, ambas panaderías, la pasé muy mal junto a mi hijo, pagaba deudas con muebles, microondas, pancheras. Aún así, nunca baje los brazos, ponía una mesita afuera para vender, le buscaba la vuelta”.

“Desde mis panaderías ya hacía solidaridad, ayudábamos y dábamos de comer a aproximadamente 50 niños, en el kilómetro 35 de Manzanares, con unos chicos cristianos los sábados. Ahí es cuando empieza todo este tema de la repostería, incluso empecé a organizar eventos y a trabajar de esto los fines de semana”, añadió la maestra pastelera.

De aprendiz a maestra

Una vez que se estabilizó y empezó a rendir frutos su negocio de pastelería, Sandra decidió dar clases, las cuales en un principio fueron gratis. “Conocí a muchas mamás solteras, como yo, que no sabían que hacer, así que me ofrecí a enseñarles en mi casa lo que yo sé, para que ellas puedan aprender, tener su emprendimiento y ayudar a sus hijos”, señaló.

Esas madres fueron las primeras 6 alumnas que tuvo la repostera. Como en todo barrio, el boca en boca hizo lo suyo y las clases de Sandra llegaron a oídos de las personas, en un año tuvo 60 mujeres. Al día de hoy tiene más de 300 personas que acuden a sus cursos y siempre llena los cupos.

Cuando empezó a recibir más alumnos, la maestra pastelera decidió cobrar una cuota mínima y mudó sus clases al garaje de sus papás (donde se encuentra actualmente), el cual es mas grande y abasteció de a poco con todos los materiales necesarios. El 2019 es el cuarto año consecutivo en el cual lleva adelante las clases.

Actualmente, ella sigue ofreciendo un precio económico, de $600 el mes, es decir 4 clases. “Siempre fui del pensamiento de cobrar poco y tener cantidad de gente, a mi me sirve porque estoy en mi casa. Además, es una forma de ayudar a otros, yo he hecho cursos de repostería y son carísimos, no todos pueden hacerlos”, sostuvo.

Además, las clases de Sandra son inclusivas, hay alumnos con problemas psicológicos, con retraso madurativo, en sillas de ruedas. Ella intenta que todos se sientan integrados y se vayan conformes de sus clases, “me apasiona tanto lo que hago que si yo veo que a alguien se le dificulta, es el momento en el que más me empeño en que le salga bien”.